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22 febrero 2008

BURN OUT (1 de 3)

BURN OUT: ¿Una historia de ficción?

"Llevo más de tres meses con dolor de estómago, la jaqueca -algo habitual en mí- parece ser que no remite ni con dos pastillas; me cuesta trabajo levantarme por las mañanas ya que me despierto cansada y sin muchos ánimos.... Total, ¿para qué? Otro día de jaleo en el trabajo, donde mis propios compañeros no valoran mi esfuerzo, desvelos y el interés que siempre pongo en todo lo que hago. Además, seguimos trabajando bajo presión desde arriba y, para no variar, desde las personas que atendemos. Realmente da igual lo que hagas por ellos; continuamente haces cosas que, aunque no te correspondan realmente, realizas por el placer del trabajo bien hecho. ¡Por supuesto, no pides que se te agradezca! Basta con que un día estés más liada o saturada para que, desde la ingratitud más absoluta, no valoren todo lo que has hecho antes y te recriminen algo que, sin serlo, se ha convertido para ti en una obligación hacia ellos... ¡Estoy harta... Esto no puede seguir así; me voy a volver loca...!"

Esto, que pudiera parecer el comienzo de una novela de actualidad, podría reflejar tranquilamente el diario de una trabajadora cualquiera: maestra, enfermera, policía, trabajadora o educadora social. Es probable que muchos consigan sin mayor dificultad poner nombre y apellidos al personaje de ficción que reflejan estas líneas. El drama cotidiano que padecen muchas personas se agrava, aunque parezca mentira, por la incomprensión y la burla soterrada de otras tantas que no son capaces de ponerse en el lugar de otros.

En 1974, un psiquiatra llamado Freudenberger definió por primera vez un síndrome clínico denominado “Burn out” (o síndrome del “quemado”). Aludía con dicho término a una sintomatología caracterizada por la sensación de fracaso y agotamiento, resultado de una sobrecarga o presión que requería del trabajador/a energía, recursos personales o fuerza de voluntad.

A lo largo de la década de los ochenta fueron varios los autores que trazaron con mayor nitidez los perfiles psicológicos de dicho síndrome, contribuyendo con sus aportaciones a una mejor comprensión de la complejidad del mismo. Todos ellos atribuían una importancia relevante al estrés continuado ya que éste generaba un desequilibrio muy significativo entre las demandas de las que era objeto el trabajador y los recursos, de todo tipo, que tenía a su disposición para poder atenderlas.

Este escenario, que podríamos denominar sin tapujos como “tóxico”, provocaba una serie de respuestas desadaptativas en la persona que las sufría. Entre ellas podríamos destacar la ansiedad, tensión, agotamiento y fatiga; todas adquirían un carácter crónico y perdurable en el tiempo. El afrontamiento de la víctima en estas situaciones, lejos de ser asertivo y productivo, era puramente defensivo. Con ello no hacían otra cosa que perpetuar esta desagradable (trágica, en algunos casos) situación.

¿Cuál es el “nicho ecológico” propicio para la aparición de este trastorno? Como podrá haberse intuido tras la lectura de los párrafos precedentes, son los contextos asistenciales, educativos y sanitarios donde más víctimas de “burnout” tiene documentadas la literatura psicológica. En dichos contextos, que –no olvidemos- se caracterizan por el continuo trato con personas y sus problemas, trabajan muchas personas vocacionalmente entregadas a su profesión. Del idealismo, entrega y energía inicial que muchas profesan van pasando progresivamente a una sensación de abatimiento y fatiga que les lleva, en muchos casos, al abandono de la profesión y, en otros, a iniciar un largo rosario de bajas debido a las complicaciones y el deterioro físico que comienzan a sufrir.

Con objeto de tipificarlo, los estudiosos del tema coinciden en delimitar una serie de fases en su desarrollo. Tras un primer momento de entusiasmo, caracterizado por elevadas aspiraciones, energía desbordante y carencia de la noción de peligro, se pasa a otro de estancamiento, a medida que las expectativas iniciales se desmoronan una tras otras. Sobreviene entonces un estadio de frustración durante el que comienzan a surgir problemas emocionales, físicos y conductuales.

Como consecuencia de los escenarios anteriores el síndrome sigue evolucionando y se llega a un momento caracterizado por la apatía; ésta surge, básicamente, como un mecanismo de defensa ante la frustración. Representa un fracaso de la persona que intenta, de la única manera que puede, desprenderse de sus problemas e intentar sobrevivir.

En algunos casos se puede llegar a una última fase, “quemado”, donde podemos hablar de colapso físico, intelectual y afectivo. Son los casos más graves. Que nadie se llame a engaño y, por supuesto, se alarme innecesariamente. No vayamos a pensar que todos padecemos este síndrome porque, durante algún tiempo, hayamos experimentado síntomas similares. Es de gran interés aclarar que hay que distinguir el “burnout” de otras circunstancias que, aunque relativamente cercanas y parecidas, no son tales. Entre ellas, por destacar alguna, mencionaría la depresión, ansiedad, fatiga (aquí, la persona se recupera mucho más rápidamente; no así en el “burnout”) y el estrés. En cualquier caso, es cierto que el síndrome del “quemado” es una respuesta al estrés crónico y sostenido.

Aunque no son las únicas, sí querría destacar aquí las consecuencias físicas que están bien documentadas en las personas que padecen este síndrome. Al quedar afectados todos los sistemas del organismo, los padecimientos pueden ser muy diversos. Ahí van algunos: dolores de estómago, cabeza, espalda; contracturas musculares e inflamación en las articulaciones; palpitaciones, hipertensión, infecciones y catarros recurrentes; alergias, úlceras, diarreas e insomnio. El sistema inmunitario, como resultado de una situación de estrés continuado, queda “bajo mínimos” y nos volvemos más vulnerables ante el ataque de cualquier infección oportunista o de enfermedades para las que ciertas personas pueden tener una predisposición genética.

A nivel actitudinal, también como mecanismo de defensa para evitar el colapso, son altamente probables reacciones como las que se indican: cinismo, apatía, hostilidad, suspicacia y consumo de sustancias diversas (alcohol, drogas…). No creo que sea necesario detallar con mayor precisión este problema para hacernos caer en la cuenta de la gravedad e importancia del mismo. Pero no todo es oscuridad. ¿Estrategias para afrontarlo? Las hay; muchas de ellas muy eficaces y de gran interés. Están al alcance de todos, lo que las convierte en poderosas herramientas. En breve las abordaremos…

Continuará…












3 comentarios:

Erika Martin dijo...

Qué post más interesante. He vivido y sufrido este síndrome en alguna época de mi vida. Se pasa muy mal, sobre todo cuando empiezas a padecer ansiedad y no sabes cómo superarla. Un abrazo

Frank J dijo...

Muy interesante la exposicion, muy didactica expresada con un lenguaje asequible a cualquier persona con un minimo de cultura.Bastante clara y profundiza suficientemente en el tema..Muy buen articulo...

Barbara Massari dijo...

A muy buena hora consigo esta entrada, porque de esto se trata mi tesis de pregrado, lo escogí por lo interesante, y es un problema que hay que atacar.
Saludos.