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23 noviembre 2014

Cursus Honorum: están locos estos romanos.

Posiblemente recordemos sin especial dificultad una de las frases más famosas de Astérix, el entrañable personaje de Goscinny y Uderzo que tantos buenos ratos nos hizo pasar: ¿Están locos estos romanos? Sus historias comenzaban así..."Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos... ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor". En el mapa que aparece en el cómic se nos muestra, destacada con una lupa, la gran obsesión de Julio César.
Fíjense si estaban locos los romanos que crearon una institución, el cursus honorum, que fijaba la "carrera de los honores", estableciendo cada una de las magistraturas que tenían que ser escaladas, peldaño a peldaño, desde la cuestura al consulado. Si bien es cierto que al final de la República fue intoxicada por la corrupción (¿nos suena este nombre, hoy día...?) de las costumbres, consistía esta institución en una estructura rígida (no se la saltaban los nepotistas, corruptos ni aventajados personajes que hoy pululan por nuestro particular palmarés mediático) que debía seguirse escrupulosa y rigurosamente.
Las instituciones romanas son tan atractivas en nuestros días que, incluso, no han podido resistirse a incluirlas en sus tramas narrativas cineastas como George Luckas en la saga de "La guerra de las galaxias".
¿Cómo iba a llegar un ciudadano -no todos los eran en Roma, que conste- a pretor (presidían los tribunales) si anteriormente no había sido edil (eran los alcaldes de las villas y ciudades)? Era impensable saltarse el cursus honorum ya que se suponía, creo que acertadamente, que un ciudadano adquiría sus cualidades como gobernante comenzando por "pequeños encargos". Si se equivocaba en estas encomiendas de gestión, la magnitud del daño era asumible y la persona no seguía progresando porque era, por decirlo en términos sencillos, inútil para ese tipo de tareas. Una vez adquirida la pericia y estando en el lugar adecuado, claro está, podían aspirar a magistraturas más elevadas, de mayor complejidad y envergadura, estando preparados para afrontar los retos más difíciles porque habían solventado con soltura, eficiencia y eficacia las encomiendas de menor calado. Es tan simple y tan lógico que huelga explicación más extensa.
Sin animus puniendi hacia ningún ciudadano en particular y centrándonos en la praxis habitual de muchos entornos políticos y corporativos, a nadie le extraña hoy día ver a personas desprovistas del adecuado liderazgo y perfil directivo que, por circunstancias oscuras y poco confesables, han accedido a importantes magistraturas con el único objeto de servirse de ellas para seguir creciendo (¿trepando?). Como es mucho más trabajoso conocer el negocio desde abajo,  ya que se tarda tiempo y hay que invertir esfuerzo, sobrevienen líderes digitales, o digitalizados, sin mayores méritos que una buena amistad, parentesco o ubicación estratégica adecuada. 

Porque dirigir no es fácil. Lejos estamos ya de los primeros estudios de la Psicología Social en los que se entendía, prácticamente con exclusividad, que el líder lo era porque genéticamente estaba predispuesto a ello. Sin ser falso lo anterior, el estudio del liderazgo de las últimas décadas ha demostrado que no podemos simplificar a este respecto y que el aprendizaje y la reflexión sobre la experiencia devienen esenciales para formar buenos y efectivos liderazgos. Recapitulemos, sin ánimo de extenderme en demasía, sobre algunas características esenciales de la dirección.
1. Capacidad para delegar, asignar responsabilidades y definir los resultados a obtener.
2. Combinar y coordinar los esfuerzos de todos los recursos disponibles para alcanzar los objetivos propuestos.
3. Mediar y solventar diferencias actuando como regulador transaccional en la gestión de los conflictos interpersonales.
4. Establecer directrices y marcar la senda a seguir en cada caso.
5. Ser capaces de incentivar y motivar a las personas a su cargo, estimulando el rendimiento del individuo y del equipo de trabajo.
¿Pasarían todos nuestros políticos y dirigentes un test que midiese, como mínimo, esas características? Sinceramente, tengo serias dudas de ello. La caterva de impresentables que ha subido como la espuma en todos los entornos de poder sólo pretende mantenerse en ellos aún a pesar del daño cruento que están haciendo sufrir a los intereses de la ciudadanía. Nunca fue tan fácil ocupar un espacio sin tener la pericia adecuada.


"Cómo hacer que todo cambio en el entorno no cambie lo que tendría que hacerme cambiar" 
@WilliamBasker




1 comentario:

oxýs morós dijo...

Hace poco leí un artículo en la prensa: “Meritocracia vs Democracia”, que comparaba el desarrollo de dos grandes potencias mundiales a través de la elección de sus líderes. Exactamente la noticia contrastaba dos sistemas de gobierno; el estado comunista opaco y la democracia populosa transparente. ¡Ni más ni menos!

Parece ser que los chinos están igual de locos que estaban los romanos, y esa locura febril, les ha llevado a instaurar un sistema de reformas en el cómo se seleccionan los líderes, de forma, que sean los más adecuados según sus características personales y académicas. No contentos aún con la medida, también han recurrido a realizar estudios y evaluaciones para detectar que se “cuele” algún “infiltrado” con ganas de ascender a lo más alto de la pirámide, librándole así de la vergüenza, llegado el caso, de aparecer en todos los medios de comunicación nacionales e internacionales, con las medallas que ahora parecen estar de moda en la pechera de nuestros políticos (malversación, cohecho, fraude fiscal, estafa, …) así como, en el currículum de muchos profesionales de la gran empresa española (en algunos casos sectarizada y por ello alienada) y de la mediana y pequeña empresa, que a la luz de lo bien que les va a los “pescaos grandes” han decidido también seguir su andadura.

No les conviene, de ninguna de las maneras, demostrar sus verdaderas aptitudes ni seguir un decálogo para que todo funcione sin mayores dificultades. Paradójicamente, vivimos en un país, que a poco que se tenga la mínima capacidad de reflexión puede volver loco al más cuerdo de los ciudadanos.

A este paso, sólo nos queda esperar a que el enchironamiento nos los devuelva a la sociedad una vez reinsertados y arrepentidísimos. Espero que las cárceles españolas cuenten con una buena biblioteca y un buen club de lectura para todos aquellos probrecitos que tenemos entre rejas. A los que siguen en corporaciones, tanto públicas como privadas, sólo puedo desearles que no se tropiecen en su camino con alguien que tenga la suficiente habilidad, inteligencia, paciencia y motivación (todas ellas cualidades meritocráticas), como para querer cambiar mínimamente el escenario donde habitualmente se mueven porque pueden acabar con sus familiares y amigos en la calle o en algún que otro penal escuchando algún concierto folclórico o aprendiendo a encajar “cornás”.

Un saludo.