Su corazón comenzó a palpitar intensamente tras recibir el mensaje. Aunque le pareciera increíble, la había encontrado de nuevo. De nada le había servido cambiar de ciudad y teléfono otra vez, e iban más de media docena en el último año.
Rememorando lo que su mente había estrujado cientos de veces, tenía claro que, como cirujana de guardia, hizo todo lo humanamente posible aquella noche para salvar la vida a la esposa de ese maldito psicópata. No fue culpa suya. Su conciencia estaba relativamente tranquila.
En ese momento, comenzó a sudar y un ligero temblor en sus manos la puso en alerta. Un crujido de pisadas la sobresaltó. Estaba sola, con su gato, en el salón de su casa. El gato lo tenía en su regazo...
Ahogó un grito sobrecogedor al volverse y verle allí, sonriéndole con esa mueca lobuna con la que la había mirado la última vez que la amenazó...
Vive cada trozo del camino con serena placidez aunque sin pausa, sin dejarte domeñar por las almas que predican con palabras de hojalata, revestidas con dorados imposibles, pretendiendo anestesiarte mientras chupan tus anhelos y deseos, succionando, alevosos, la energía que les falta.
Son vampiros que, silentes, camuflan su cobardía con almíbar venenoso que empalaga tus sentidos, sometiendo tus instintos controlando tus latidos... Suelta ya ese lastre envenenado que gangrena tus andares y tus días; y relega a los infiernos más profundos a esa tribu de cobardes mutilados que malviven restañando sus pedazos con la savia arrebatada a los incautos. Vive ya, sin demora. Vive ya, caminando...
Comprobó el dispositivo. Un minuto
más y habría acabado con su martirio. Sin ningún atisbo de lástima
o remordimiento, aguantó la respiración y apretó la pantalla
táctil del teléfono para activar la llamada. El coche de aquel
miserable estallaría con él dentro.
Hubo una explosión de luz
súbita. Al abrir los parpados, tras salir del coma inducido,
contempló los ojos llorosos del canalla que la había postrado allí
con su última paliza.
Caminar lentamente y sin prisas restañó tus heridas, acalló tu lamento restauró tu sonrisa.
Tus andanzas pasadas, cual quimeras desnudas, se disuelven y apagan, al contacto directo con la luz que acompaña tu sereno paseo. Tus siniestros fantasmas recluidos y obscenos vociferan su llanto destilando la hiel que vertieron en ti consiguiendo horadar, sin piedad, sin dudar, sin dejarte vivir, tus ajadas defensas reclamando su espacio. Hora es ya de salir de ese pozo malsano. Hora es ya de vivir reclamando tu predio, dominando tu espacio, bendiciendo tu vuelo.
A veces vivimos sin prestar atención al presente, a esos pequeños detalles que desdeñamos por irrelevantes y que vamos acumulando en algún ajado jergón que reside en una oscura habitación de nuestra mente.
La comodidad, la vorágine de los acontecimientos, el ritmo vertiginoso y frenético de los días, la ausencia de tiempo y la multiplicidad de obligaciones son algunas de las muchas excusas con las que continuamente nos engañamos a nosotros mismos. Todo vale si evitamos dedicar unos minutos a cuidarnos y a cuidar lo que hacemos.
No son pocos los espíritus atormentados que, tras años o décadas guardando en el cajón miserias vitales, han asumido roles impuestos por el entorno o ellos mismos, en el ejercicio de una frenética huida hacia adelante, hallándose en el momento actual en algún inhóspito terreno, lejos de cualquier lugar y cerca de ninguna parte.
Salvando todas las dificultades de la vida y las complejas circunstancias personales de todos, no vendría mal dedicar un poco de nuestro tiempo, ese preciado e intangible tesoro, a cuidar esos detalles que nos recordaba magistralmente el Maestro Gandhi en esta frase que ha inspirado esta reflexión que os traigo.
París, la ciudad de la luz, ha sido testigo de una salvaje y cobarde cadena de atentados que han sumido a esta noble y bella ciudad en la más amarga oscuridad durante la noche de ayer viernes, 13 de noviembre. Más de un centenar de víctimas tapizan sus calles con un grito, ya sordo y silente, que clama pidiendo explicaciones y justicia para tal desafuero.
Descansen en paz las víctimas inocentes de tal atrocidad. Que sus familiares, amigos y allegados encuentren la paz y el sosiego necesario para poder sobrellevar esa brutal pérdida.
Mutilados retazos de inconexa gramática acompañan tu llanto, tu postrero lamento tu quejido silente tu angustioso letargo.
Cicatrices abiertas y otras tantas heridas te recuerdan, tal vez, tus perdidas batallas tus pasados anhelos tu peor pesadilla. Eres tú, no lo dudes, quien salvó sus pedazos quien unió con sudor con tu salobre llanto esos trozos de ti que quisieron vivir que lograron salir de ese oscuro quebranto. Vive hoy, sin dudar vive ya has ganado...
El inmortal poeta chileno y Maestro Neruda nos recuerda en este bello poema, que fluye como agua por la roca, una hermosa e intensa reflexión sobre la vida, sobre el vivir.
La transgresión, como cura del alma, como bálsamo para el espíritu atormentado, como necesidad vital, como búsqueda eterna del propio camino, es absolutamente esencial.
Si no vivimos, morimos. La muerte lenta que describe magistralmente el poeta es una amenaza constante que, cual espada de Damocles, pende silente y sibilina sobre nuestra existencia.
Vive y deja vivir. Enriquece tu vida y, posiblemente, repartas riqueza en tu entorno, sin proponértelo siquiera.
Sobrevives al marasmo de tu senda cotidiana, sin dejarte adormecer por aquel dulce letargo al que quieren que sucumbas esas almas vengativas que simulan sus afectos mientras lanzan zafios dardos.
Has podido regresar de tu infierno y de tu ocaso, de ese páramo malsano donde estabas aterido recogiendo tus pedazos, malviviendo cada instante desbrozando tu fracaso. Cicatrices son las huellas que conforman tu pasado, que señalan como faros el camino recorrido, tus angustias y derrotas, tus anhelos tu legado...
Demasiadas veces tenemos mucha prisa en alcanzar logros y estadios vitales por el mero afán de obtener una satisfacción personal y reconocimiento de terceras personas del entorno. Hasta ahí, nada raro ni patológico. Es algo que está en nuestra naturaleza. El problema reside, a mi modo de ver, en pretender alcanzar etapas o hitos para las que no estamos lo suficientemente preparados. En suma, correr demasiado sin haber afianzado una base adecuada desde la que avanzar. Además, todo se complica si añadimos la intolerancia a la frustración, que hace que seamos capaces de casi cualquier cosa con tal de alcanzar aquello que se nos niega o que deseamos vehementemente.
Conozco a personas que, en ese afán de sobresalir a toda costa, han asumido roles absolutamente inconsistentes e incompatibles con sus capacidades personales y profesionales. Como resultado de esa circunstancia, además de generar múltiples problemas en el ámbito donde desarrollan su labor, se enfrascan en una guerra personal contra todo aquello que, supuestamente, les desafía. A resultas de ello, estigmatizan a todo aquel que sobresale o tiene, simple y llanamente, mejores cualidades y aptitudes para el desempeño de los roles que ocupan como consecuencia del nepotismo u oscuros manejos e influencias.
Por tanto, habrá que cultivar una sana paciencia, que no implica dejadez, cobardía o negligencia, con objeto de nutrirnos y evolucionar en todas las facetas vitales, internas y externas, para que podamos seguir avanzando en nuestra particular Ítaca, nuestro propio camino. Sólo así estaremos en disposición de atisbar y alcanzar un estadio de cierta plenitud existencial.
Sobre tu espalda sobrellevas esa carga, ese fardo, esa lacra, esa herida que supura que no cierra con los años; que mantiene su escozor que atormenta tu vigilia y alimenta tu dolor.
El recuerdo te zahiere con la hiel que en ti derrama, despedaza tus cimientos disparando tus latidos desgarrando tus amarras arrojándote al abismo. Es tu pecho el que grita, en silencio, su desgarro... Tu garganta, muda y queda, ahogada en su llanto no acompaña, ¡ya no puede!, por haber llorado tanto. Suspirando, susurrando, aún sonríes sollozando...
La genial escritora francesa ha sido, desde siempre, uno de mis faros en el ámbito de la literatura y de la vida. Leerla es un placer inconmensurable, difícil de comparar con otras muchas lecturas y autores. Mujer culta, inteligente y adelantada a su tiempo, plasma en su obra penetrantes visiones de la psicología y existencia humana. Podríamos estar hablando de ella semanas enteras y no cansarnos, pero no es mi intención hoy. Quiero centrarme en esta frase que inspira mi reflexión.
Todos conocemos a personas que, por encima de todo, son capaces de justificar lo injustificable. En ese contexto, he conocido a gente que soslaya cualquier ámbito que se aleje de la pura racionalidad. Todo lo que no esté constreñido en el rígido y seguro ámbito cartesiano de la lógica, carece de interés.
Se pierden la esencia de la humanidad, al menos lo veo así. El ser humano es una entidad que puede razonar (tenemos el cortex cerebral para ello) y hacerlo muy bien. Elevar a rango de diosa la capacidad de raciocinio, soslayando y mutilando nuestra capacidad para intuir, sentir, emocionarnos y dejarnos llevar por el pálpito de la irracionalidad es un mal negocio.
Reivindico lo mismo que la autora; sería insensato no hacerlo. No olvidemos la importancia, en todo momento y lugar, de escuchar y dejar hablar a nuestros sentimientos, a esa parte que sin ser lógica no es errónea por naturaleza, como algunos aseveran desde su púlpito ortodoxo. El corazón, como metáfora de esa dimensión pasional y afectiva, es el mejor compañero de la cabeza. Respetemos su sitio y escuchemos lo que tiene que decir. Nos irá bien.
Tiemblas y tus manos, presurosas, acompasan su batir, tu martirio y tu condena al latido asalvajado que se escapa de tu pecho, que desborda, brutalmente, tus anhelos y tus miedos.
Sientes, sin dudarlo, que esa llama mortecina que acompaña noche y día, en silencio, tus desvelos, coge fuerzas y se aviva, devorándote por dentro arañando tus entrañas provocándote tormento. Sufres, como sufren los que lloran en silencio sus miserias, mientras todos tus fantasmas, al unísono y sin tregua te zahieren con sus dardos, su veneno y te domeñan. Gritas, con tu voz atormentada que, sin fuerzas y sin ganas, se desgarra inútilmente al clamar en un desierto... al gemirle sólo al viento... al hundirse sin remedio...
Aborda Haruki Murakami con esta frase uno de los aspectos más controvertidos y apasionantes de la naturaleza humana, la percepción de la realidad y nuestra actuación al respecto. Cada uno de nosotros tiene en su interior un "traductor de realidades". Lo hemos adquirido a través de la experiencia, de la reflexión y, todo ello, entremezclado e integrado con nuestra propia naturaleza. Ese prisma o cristal a través del que percibimos actúa como filtro que nos permite relacionarnos con el mundo y todo lo que nos rodea. Esos esquemas interiores (cognitivos, que dirían los expertos) nos salvan y nos hunden; nos dan la vida y nos pueden abocar al precipicio.
Somos lo que somos porque aprendemos (o desaprendemos) a serlo. La realidad, a veces, pretende ser manipulada por intereses espúreos de gente insana, malvada y sin escrúpulos que nos rodea. Compramos la realidad que nos venden sin, demasiadas veces, invertir (que no perder) el tiempo mínimo que podríamos dedicar a procesar esa información, que nos llega precocinada con objeto de que la consumamos sin saborearla, no vaya a ser que perdamos el tiempo (ese bien tan preciado) en disfrutar de algo que ya otros han decidido cómo deglutir. Claro que es, en el corto plazo, mucho más fácil. Ser borregos adocenados tiene sus indudables ventajas, que dirían algunos. Otros se niegan (nos negamos) y la caterva de francotiradores y advenedizos con pretensiones de medrar en esa pirámide con cimientos de barro se confabulan para segar cualquier brizna de hierba que sobresale de la superficie impoluta y bien cortada del césped.
Pensar, opinar y reflexionar supone un lujo al que no deberíamos renunciar. Cuesta trabajo conseguirlo. A veces es duro y nos lo ponen aún más difícil. No por ello sería razonable desistir, ya que nuestra naturaleza humana exige, con fuerza desde el interior, que podamos expresarnos e interpretar la realidad para, de ese modo, poder responder a ella sin traicionarnos a nosotros mismos. Luchemos por llegar a ser lo que nuestro potencial nos permita, respetando a los demás y haciéndonos respetar en nuestra singularidad y matices que nos hacen únicos.
Si la envidia fuese tiña, ¿cuántos tiñosos habría? El refranero español es sabio cuando cristaliza en tan bella frase uno de los males endémicos del ser humano, laenvidia.
Un Psicológo Social diría que es un mecanismo natural e, incluso, adaptativo. No tenemos que acudir a la ciencia ya que, por ejemplo, es éste uno de los pecados capitales reseñados por la Iglesia. Lo cierto y verdad, que diría un buen amigo, es que prácticamente todos somos, de una manera u otra, envidiosos. Partiendo de esa premisa, intentamos disfrazar con sutiles y rebuscadas palabras lo que, la mayoría de las veces, no es más que simple y pura envidia, aunque la tachemos de "sana".
El problema reside, como casi siempre, en una cuestión de grado y afectación. Cuando nos corroe por dentro, porque somos incapaces de crecer por nosotros mismos, los logros y éxitos de nuestros coetáneos y personas cercanas pueden convertirse en afiladas flechas que se clavan en nuestro corazón. El problema está, por tanto, en el interior de cada uno. O se aprende a canalizarla y se utiliza como elemento o vector de mejora personal o nos terminará arruinando la vida, tanto a nosotros como a nuestro entorno.
La envidia, además, es irracional. Por más que se intente racionalizar ese estado anímico, se escapa a cualquier análisis sensato. Dicho esto, debe quedar claro que envidiamos lo que tenemos cerca y se nos parece. La envidia surge del conocimiento de algo que, no pudiendo tener, es disfrutado por alguien que no creemos merecedor de ello. Habrá que aprender a lidiar y dialogar con ella, tanto si la sentimos como si la sufrimos en nuestras carnes por parte de terceras personas. No queda otra opción.